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o Esencia de Playa


No me gusta compartir cosas que son mías.

Si he trabajado duro para obtener una cosa, o tenido suerte para ganarla, no me gusta disminuir esa buena suerte o buena ética de trabajo por difundirla entre otros que han trabajado menos duro o tenido menos suerte. Siento que la difusión de las cosas entre las personas que no han trabajado o “suerteado” para ellas disminuye el valor de las cosas.

Si encuentro una hermosa concha en la playa, para mí no es sólo una hermosa concha. Viene con toda la experiencia de la arena moviéndose debajo de mi peso, de la bandada de pelícanos mirándome con recelo justo fuera de mi alcance, y de la fuerza de las olas rompiendo a centímetros de mi cara, lo suficientemente fuerte como para tumbar a un jugador de fútbol americano. Enfrascada en esa concha es una pequeña rebanada de tiempo, una pequeña ráfaga de viento, un rayo de sol, el sabor de la sal, y la bofetada espumosa de las aguas bravas. Eso es lo que es esa concha para mí.

Si tu abuela te da una concha que ella encontró en la playa, todo lo que es para ti es una reliquia vieja y mohosa que te recuerda de la muerte y la vejez.

El acto de dar hace que esa concha pierde toda su Esencia de Playa. Su viento chisporrotea, su sal se estropea, y la concha se convierte en sólo un montículo de materia ósea calcificada. La concha se hace no mas una concha.

La cosa que regalas se hace no mas una cosa. Pierde el trabajo que hiciste por ella, la alegría de la suerte de ganarla, o la batalla que luchaste por ella.

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A mi me gusta compartir la inspiración.

No creo que la inspiración es mío. La inspiración es una especie de musa cósmica que siempre está ahí para estar sacado cuando pones tu popote en el universo y le das un chupazo. (Yo creo en eso firmemente, y yo no soy un hombre supersticioso. Tal vez sea algo que ver con la imaginación humana que no tiene límites o con las infinitas combinaciones de la materia. Siempre hay más inspiración.)

Las metáforas y las melodías que se me ocurren en toda su energía asombrosa, anárquica, y aliterada… no me pertenecen a mi. Para malo o peor, nos pertenecen a nosotros. Ellas pierden nada de su Esencia cuando se comparten, y me gusta compartirlas.

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A mi me gusta compartir las personas.

Las personas no son míos.

Cualquier persona con la tonta idea de Pertenencia Inteligente – que cualquier pronombre personal se puede utilizar con cualquier Nombre Propio – vive como si hubiese pegado un minutero de inminente decepción en su frente.

Si me gustas, quiero que seas feliz, y con ese fin me gusta compartirte. Si no me gustas, quiero distribuir la carga de tu miseria de manera uniforme en toda la humanidad, y me gusta compartirte.

Agradezco a cada momento de tu existencia soberana, tu Esencia de Playa, que compartas conmigo, y yo reclamo nada. Es un regalo. Ninguna cantidad de trabajo que yo jamás podría invertir o suerte que podría tirar acercaría ni de lejos el valor de un momento pasado contigo, una gota de tu playa.

Ese trabajo lo hiciste tu mismo. Cuando se lo das a mí, devalúa un poco. Pero es una devaluación que estás dispuesto a sufrir, a intercambiarlo para la joya de una conexión humana. Yo entiendo eso, lo agradezco, no lo tomo a la ligera, y jamás pienso que es algo que se debe a mí.

No es tanto que yo te comparto como es que tu compartes a ti mismo.

Así que no es tanto que me gusta compartir las personas como es que las personas no pueden compartir personas.

Las personas sólo pueden compartir a ellos mismos.